Colombeia

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Pasemos ahora a las muchas limosnas que reparte con los pobres de su obispado. Esta se reduce a cuatro pesos que reparte todas las semanas, el día sábado, en la puerta de su Palacio a donde concurren al pie de doscientos pobres, y después de haber rezado éstos una parte del santísimo rosario, baja el encargado de repartir esta limosna de cuatro pesos y todo aquel tumulto de pobres se le echa encima procurando cada uno adelantarse a tomar el medio real, antes que finalicen los dichos cuatro pesos, porque luego que se acaban, el limosnero se desembaraza de ellos y se va a donde no pueda oír los clamores de aquellos a quienes no les ha cabido la suerte del medio real, sucediendo muchas veces en este tumultuoso tropel, que algunos pobres salen lastimados de los miembros y partes de su cuerpo que sus achaques y enfermedades habían perdonado, o con alguna contusión y dolor que antes no padecían y sin otro alivio que de ir de puerta en puerta por toda la ciudad, hasta encontrar una casa que movida de sus lamentos, consuele su aflicción y socorra su indigencia. Esta tan preponderada limosna, con la que hace a los conventos de Mendicantes, a los hospitales y a algunos pobres vergonzantes, montan al fin del año a la cantidad de dos mil pesos, repartidos en limosnas, como consta del libro de cuentas que lleva el encargado de este ramo; y aún le parece mucho para la corta renta que tiene de ochenta mil y más pesos, sin incluir la renta del oratorio de San Felipe Neri, que desde la triste y miserable muerte del santo fundador de dicho oratorio, el padre Don Manuel Rincón, no se sabe de ella porque se ignora en qué se gastan; sólo sabemos que él la cobra y mete en su Palacio, y que de ellas extrajo ocho mil pesos que presentó al Monarca en su nombre y como sacados de sus rentas episcopales, para las actuales circunstancias de la guerra pasada, de cuyo celo dio Su Majestad las más piadosas gracias y publicó su agradecimiento en las gacetas y Mercurio por la falsa representación del presente que hizo de lo que no era suyo. Las rentas de este oratorio, con las multas pecuniarias que diariamente exige de los clérigos por vanas y frivolas causas, contando también con algunos miles que extrae en la visita anual de las rentas del monasterio de Religiosas Carmelitas, le forman unas sumas tan considerables que ascienden a más de ciento cincuenta mil pesos. Todo lo que dice él mismo tener en oro, parte en Madrid, parte en La Habana para avasallar a todos sus desafectos y a cuantos se opongan a sus deliberaciones,