Colombeia

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que hacer nada antes de haber puesto a la cabeza de las Sinagogas, un israelita juicioso, capaz de reglamentar el gobierno interior y mantener un buen orden, estimulando a la nación a salir del polvo y volver al mundo, ya que la diversidad de opiniones sobre la idea moral del bien y del mal, es enorme. Los hombres acostumbrados al yugo más envilecedor, se jactan a veces de su oprobio, mientras los más grandes honores que se les conceden por autoridad les son insoportables. Además, el mismo hecho puede engendrar el tiempo de lamentar (h) y el de saltar de gozo, según las primeras impresiones que se reciban. Tal es, Señor, la inconstancia del espíritu humano, a menudo idólatra de un bien imaginario a expensas de su felicidad real, más aún cuando se encuentran en diversas sociedades mil y mil pequeñas miserias despreciadas en efecto por el hombre de espíritu, pero consagradas por el tiempo, adoptadas por la costumbre, enraizadas por los principios de una mala costumbre y de un punto de honor mal entendido, que el abuso ha incluido entre los puntos de la religión y considerados como tales por el grueso de la nación, podrían crear obstáculos difíciles de superar por la fuerza. He ahí el asunto esencial del Jefe de las Sinagogas: allanar todas esas dificultades. (h) Eclesiastés. Capítulo 3. Versículo 4".