Colombeia

sobre, un sophá, Philosofando basta las nueve qe. me retiré á Casa de VanderSchroeff donde encontré larga compañia—señamos, y duró la sociedad hasta cerca de las 12.—quando no con poca dificultad pude hacer levantar un kaikiero que me pusiese abordo, pr. temor de qe. no soplase el viento favorable tal vez. 12. A la punta del dia tuve á mi bordo un kaikio á dos pares de remos, y un criado de Mada de Ludolf para hir á la famosa montaña del gigante que está enfrente de Bougukdere—efectivamte. desembarcamos al pie, en el parage llamado el Jardín de los H¡ingreses (maggiarbagcesi) nombrado por sus buenoshigos; y tomando uno de nros remeros turco pr. guia, atravesamos dho jardín, y comensamos á subir la montaña con alguna fatiga, pues está bastante perpendicular pr. esta parte—al otra le digimos que nos llevase la barca á la escala del gran Señor que es mas abajo dos millas.—Quando se llega ensima de está montaña (llamada en Turco Vscia daghi) se dá pr. bien empleada la fatiga qe. ha costado el montarla; pues se logra la mas completa y deliciosa vista del canal, descubriéndose Ios dos mares Blanco y negro al mismo tiempo… aqui hai una pequeña mosquea con unos quantos Dervishes, que con mucha civilidad me ofrecieron una estera para sentarme, y una sesta de ubas y higos acabados de coger, que era una hermosura, y con que hizimos nuestro almuerzo io y mis dos guias, con café después que sentó grandemte.—
sobre un sofá, filosofando hasta las nueve, que me retiré a casa de Van der Schroeff, donde encontré larga compañía. Cenamos, y duró la sociedad hasta cerca de las doce, cuando con no poca dificultad pude hacer levantar un caiquero que me pusiera a bordo, por temor de que no soplase tal vez el viento favorable. 12 septiembre A la punta del día tuve a mi bordo un caique, a dos pares de remos y un criado de la señora de Ludolf, para ir a la famosa Montaña del Gigante, que está enfrente de BuyukDeré. Efectivamente, desembarcamos al pie, en el paraje llamado el jardín de los húngaros —Magyarbagcesi— nombrado por sus buenos higos, y tomando uno de nuestros remeros turcos por guía, atravesamos dicho jardín y comenzamos a subir la montaña, con alguna fatiga, pues está bastante perpendicular por esta parte. Al otro le dijimos que nos llevase la barca a la escala del Gran Señor, que es dos millas más abajo. Cuando se llega encima de esta montaña, llamada en turco «Usciadaghi», se da por bien empleada la fatiga que ha costado el subirla, pues se logra la más completa y deliciosa vista del Canal, descubriéndose los dos mares, Blanco y Negro, al mismo tiempo. Aquí hay una pequeña mezquita con unos cuantos Derviches, que con mucha civilidad me ofrecieron una estera para sentarme y una cesta de uvas e higos, acabados de coger, que era una hermosura, con lo que hicimos nuestro almuerzo, yo y mis dos guías, con café después, que sentó grandemente.