Colombeia

Ludolf, y su hijo—al entrar en el Paseo Mada La Ynternuncia se vino acia nosotros á reunirse; mas Bouligny que con sus hijos se le avia pegado se halló sumamte, embarazado… pronto sin embargo concluió el pasage, pues io saludando profundamte. á madama, y sin hacerle caso absolutamte. á él, ofrecí mi brazo á dha dama, qe. se aproximó para hablarme, seguimos el paseo y Bouligny decampó mui luego, dexandonos el campo libre…. si avria creido este tonto que no hombre andome él, y seria un hombre abandonado de todos? — vinieron después el embajador de Francia, de Venecia; de Rusia… y por cierto que estava la Pradera (como sucede casi todos los Domingos) hermosísima, con tanta variedad de gentes, mui bien vestidas, y en costumes diferentes… en este genero puede tal vez que no encuentre la Pradera de Bouyukdere objeto de comparación en el mundo… que diversidad de grupos pictoresco, y hermosos! — al anochesér todo el mundo se retiró y io me quedé pr. hacer un poco la corte á mada Gaudé qe. vive en un casino inmediato á dho Prado.— Luego fui en casa de Mr VanderShroeff que me recivio con suma civilidad; me combido á senár, y me dio caras para Chersona, y Moscou; con una memoria (qe. Ia de ante mano traba java á mi suplica) de la balanza del comercio de las pras. Naciones de Europa con Constantinopla, sumamte, interesante por la certitud; y vá aquí adjunta—en fin Mad? VanderSchroeff, Mdlle. Catingo, (n) Le jeune Comt de Ludolf, y mr. De Brentano, fueron aun de
Ludolf y su hijo. Al entrar en el paseo, madame la Internuncia se vino a reunir hacia nosotros; mas Bouligny, que con sus hijos se le había pegado, se halló sumamente embarazado... pronto, sin embargo, concluyó el pasaje, pues yo saludando profundamente a madama y sin hacerle absolutamente caso a él, ofrecí mi brazo a dicha dama que se aproximó para hablarme. Seguimos el paseo y Bouligny decampó muy luego, dejándonos el campo libre... ¿Se habría creído este tonto que no presentándome él, sería un hombre abandonado de todos? Vinieron después el Embajador de Francia, de Venecia, de Rusia... y por cierto que estaba la Pradera, como sucede casi todos los domingos, hermosísima, con tanta variedad de gentes, muy bien vestidas y en trajes diferentes. En este género, puede tal vez que no encuentre la «Pradera de BuyukDeré» objeto de comparación en el mundo. ¡Que diversidad de grupos pintorescos y hermosos! Al anochecer todo el mundo se retiró y yo me quedé para hacer un poco la corte a la señora Gaudé, que vive en un casino inmediato a dicho prado. Luego fui a casa del señor Van der Schroeff, que me recibió con mucha civilidad. Me convidó a cenar y me dio cartas para Kherson y Moscú, con una memoria —que ya de antemano trabajaba a mi súplica— de la balanza del comercio de las principales naciones de Europa con Constantinopla, sumamente interesante por su certitud y va aquí adjunta. En fin, la señora Van der Shroeff, la señorita Catingo —de amable índole— el joven Conde de Ludolf y el señor de Brentano fueron aún de