Colombeia

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como infectados de los vapores más negros del Infierno y ávidos de sangre humana, semejantes a los sacrificadores de las Divinidades infernales, excitarse mutuamente con ira abominable y armarse por devoción con un hierro mortífero, para degollar piadosamente a sus compatriotas que han tenido la desgracia de no pensar conforme a las opiniones introducidas y enraizadas por las costumbres y los preceptos de educación en el espíritu de los hijos de la iglesia dominante. La sensibilidad del corazón humano sufre al ver por todas partes hogueras encendidas por la mano bárbara de un tribuna! sanguinario y ávido de oro: ruedas, horcas, patíbulos y cadalsos erigidos por las intrigas maliciosas de la avaricia, bajo la máscara de la santa piedad. Y toda esta organización para una muerte ignominiosa, ha sido levantada como altares a la gloria de un Dios justo, perfecto y misericordioso, para sacrificar en ellos a hombres inocentes que no han cometido otros crímenes que el de ser ricos y de adorar ese mismo Ser Supremo, según los preceptos de una religión reverenciada hasta por sus mismos perseguidores, puesto que ella es el fundamento, el símbolo y el testimonio de la santidad de la de ellos. Pero a ejemplo de ese abominable monstruo de varias cabezas, la superstición, este enemigo bárbaro e irreconciliable de la virtud y de toda equidad, se había servido, uno tras otro, de esos diferentes instrumentos inventados por el demonio en furor para afligir al género humano, hundido al comienzo en el fango. La superstición ha utilizado una voz dulce y seductora para desacreditar maliciosamente