Colombeia

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Carta sobre los Judíos Muy Augusto Emperador: Reconozco que mi temeridad en atreverme a molestar con esta carta a Vuestra Majestad Imperial es grande, pero como deseo defender la causa de la humanidad, espero obtener mi perdón de un gran Soberano reconocido por todo el mundo como sabio, justo, clemente y humano. Inicio pues este asunto con el texto del Antiguo Testamento que sigue, para no desmentir mi extracción israelita: para todo hay un tiempo y un momento para cada cosa: tiempo de callarse y tiempo de hablar, ha dicho el primer Sabio Coronado de la antigüedad. No se puede creer con razón, Vuestra Majestad Imperial, que ese rey filósofo y político, o según el sentimiento de los teólogos, ese Príncipe inspirado, haya tal vez profetizado o supuesto, el des­graciado destino que esperaba a los restos de su nación, dispersada en las cuatro esquinas de la tierra, de las cuales una parte debía permanecer en Europa, hundida en la miseria bajo diversos go­biernos de la Cristiandad,