Cumaná, 11 de julio de 1812. Año II de la República.
Mi apreciado generalísimo: Sin embargo de que en primero del corriente manifesté a V. E. mi obligación en obsequio de la causa que defendemos, acompañándole copia del acuerdo celebrado por la Legislatura, y comunicado al Poder Ejecutivo para el empleo que mandó crear a mi favor, según su contenido, reiterando la Legislatura su cumplimiento, y que por último se mandó suprimir respecto de que no lo admitía, como en efecto fue así, el que se me ofreció con la nominación de generalísimo, grado de mariscal de campo, sueldo, etc.; y que mi carácter ajeno de toda ambición de mando despreció tanto por esto cuanto por las razones que expuse a V. E. y no por el duro trabajo que acarrea, pues estoy incesantemente empleado en defensa de la patria, sacrificando no sólo mi persona, sino hasta mis intereses, viviendo escasamente por tener forestados al Estado sobre 109 pesos para socorro de las tropas, y porque desde luego mis tareas no habían de tener todo el éxito que exigen las críticas circunstancias del día, por estar ligada mi autoridad con el tribunal ejecutivo, y éste sujeto en todo a lo que dispone la Legislatura; pero en medio de estos acaecidos, aparece la orden de V. E. en que se sirve nombrarme comandante general con las facultades de este empleo, y las demás accesorias, según la ley marcial que igualmente dirige para su publicación, de cuyas providencias me hizo capaz el Poder Ejecutivo, y cuando esperaba se me oficiase en la materia el día 9, hubo una junta de todas las autoridades, legislativas, ejecutiva, judicial, vigilancia y municipalidad, en cuyo acto se presentó el ciudadano comandante general, diciendo que los oficiales pedían el cumplimiento de la expresada orden, y por resultas he oído decir se negó a V.E. la facultad de nombrar jefes en esta provincia, siendo el poder judicial el primero en sostener esta proposición, porque como se suprime por la ley marcial y queda sin sueldo, procura sostenerse a todo trance, y con esta mira el ciudadano doctor Mariano de la Coba (uno de los de este tribunal) dictó que se sumariase a los oficiales que me piden por jefe a virtud del nombramiento de V. E. sabiendo por otra parte que me he criado en un cuartel de veteranos, y que mi firmeza (que les es bien conocida) no es capaz de entrar en las trápalas y embrollos de los abogados del sistema ordinario.
Este cúmulo de monstruosidades trae su origen de dos tenientes coroneles, el primero, comandante del batallón de Guayqueríes de esta plaza, Luis de Vallenilla, y el segundo comandante del batallón de blancos de Carúpano Manuel Marcano.
Estos, por mano oculta, tratan de eludir cuantas determinaciones se toman en beneficio de la fuerza armada: labran, según veo, los escollos de nuestra libertad a la sombra de hallarse, el primero, miembro de la Legislatura, y el segundo del Poder Ejecutivo, reciprocándose los auxilios para que permanezcan ambos tribunales entorpecedores de la felicidad común, difundiendo voces alarmantes que producen la agitación y el disgusto general.
Pero nada de esto me embaraza para dar a V. E. las más expresivas gracias por las consideraciones que se ha dignado guardarme, nombrándome para aquel empleo, que desde luego ofrezco a V. E. llenar sus deseos, si es que no se me liga con otra autoridad, pues en los momentos que pude manifestarlos, consagrándome a sus glorias, prometí a V. E. mil hombres para el ejército, que acuartelé hasta la llegada de los buques que los transportasen: en cuyo tiempo acaeció pedir auxilio de Barcelona por temerse el reconocimiento de la Regencia, como en efecto envié cuatrocientos de aquellos, con el fin de que tranquilizado todo, siguiesen a ese destino; pero a esta sazón, se mudó el gobierno, entraron otros, y asegurados de la indiferencia ó debilidad de los nuevos miembros del Poder Ejecutivo, empezó la deserción, y ha llegado el caso de que sólo quedan en Barcelona cuarenta hombres. El comandante general dispuso asegurar estos criminales y juzgarles en consejo de guerra, pero el tribunal Ejecutivo los indultó, dejándolos en aptitud de cometer mayores delitos.
La milicia de Barcelona que se bailó sola con las armas en la mano, asociándose con los pocos nuestros, depusieron las autoridades y nombraron otras, reunieron la salida para el ejército de V. E.; descerrajaron almacenes; avocaron artillería a los que creían opuestos a sus designios, mataron un hombre a bayonetazos, hubo tiroteo, y en fin, excmo. Señor, aunque gritan: "viva la libertad é independencia", esté V. E. en la firme persuasión que esto no es más que para alucinar a los incautos, desmentir sospechas, y dar tiempo a recibir socorros de Guayana y Puerto Rico, y Dios quiera que mis pronósticos salgan errados, pues me parece que ya veo el enemigo a las puertas, encerrándonos en este pueblo y cortando nuestra comunicación con esa provincia por mar y tierra.
En este conflicto de ocurrencias tan funestas, manifesté al Poder Ejecutivo mi pensamiento, prometiéndole que saldría con los mil hombres que ofrecí a V. E. en Barcelona con el pretexto de ser mi marcha por tierra, y puesto en aquel punto despojar los nuevos funcionarios, quedarme con trescientos hombres y dirigir en su reemplazo todos los de Barcelona, hasta que V. E. enviase quien se hiciese cargo de aquella plaza; pero mi plan creo ha sido desaprobado respecto de que no se me ha dado contestación.
El actual comandante general, ciudadano Diego de Vallenilla, teniente coronel de artillería y comandante de este cuerpo, tiene energía y conocimiento, más como está sujeto al Poder Ejecutivo, nada puede, nada hace, y todo se entorpece; por lo que juzgo de absoluta necesidad que V. E. comisione una persona de entereza, que por su carácter y no tener relaciones en este pueblo, obre con la resolución y energía necesaria, ofreciendo a V. E. trasmitirle mis conocimientos y acompañarle incesantemente para coadyuvar al cabal desempeño de sus funciones, en el concepto de que las órdenes relativas han de dirigirse al comandante general para su cumplimiento.
Estoy en la forzosa obligación de ser molesto con esta difusa relación, para que con presencia de ella, pueda V. E. resolver; haciéndole capaz igualmente que según he oído decir se ha entorpecido también la marcha de Villapol, y que han llegado aquí cuatrocientos hombres de Margarita, de excelente disposición, pero con órdenes de su gobierno de no pasar de este puerto, cuyo pretexto, no sé si me atreva a asegurar, va de acuerdo con el de esta plaza, el que ha enviado un comisionado a aquella isla para allanar esta dificultad; tendré cuidado de avisar a V. E. el resultado; y entre tanto repito a V. E. mis sinceros deseos de complacerlo, para que se sirva disponer a su arbitro de la inutilidad de este su más apasionado atento servidor:
Q. B. S. M.
Vicente de Sucre.
P. D.— En estos momentos llegan las tropas que estaban en Barcelona, habiendo dejado 187 fusiles embargados a aquel gobierno, con 2,000 pesos en metálico que se le dirigían a Villapol, también las municiones de fusilería que llevaron, se quedó un capitán de milicias que hicieron sargento mayor, 6 pueblos de Barcelona han reconocido la regencia; dan los pasaportes a nombre de Fernando Séptimo; a un hijo mío que fue comisionado a buscar milicias a la provincia, lo atropellaron, de modo que escapó de doce flechazos que le tiraron, y ahí tiene V. E. lo mismo que anuncié a ese gobierno, y de que hasta hoy, 12, nada providencian cuando en 48 horas está sujeta la provincia, antes que se fortifiquen y reciban auxilios. V. E. con la mayor reserva procure tomar aquellas medidas necesarias a precaver tantos males que veo y sin arbitro por mi parte para poderlo remediar.
Es de V. E. seguro servidor.