NOTA: Margarita
Ciudadano secretario: Tened la bondad de elevar al conocimiento del H. Generalísimo: que ha llegado a la morada de este gobierno la sabia proclama que ha dirigido a todos los de la Confederación. Observadle, ciudadano, de parte de este directorio: que si la admiración más grande, si el más profundo respeto, y si un vivo deseo de ver inmortalizado su nombre, puede S. R. ofrecerle sin que el mundo crítico lo repute de adulación: este es el íntimo sentimiento de mi gobierno, de cuya orden tengo el placer de trasmitiros la presente idea.
Dios os guarde.
Palacio ejecutivo de Margarita, y julio 8 de 1812.
(año II de la República).
Esteban de Herrera,
Secretario.
H. Ciudadano secretario del R. Generalísimo de las armas de la Confederación Venezolana.
(Reservado)
El R. G. E. de esta isla, que jamás ha olvidado el firme propósito de dar en todas ocasiones al gobierno federal las pruebas más expresivas de su adhesión á las disposiciones que libre a favor del incremento y conservación del sistema que ha jurado, luego que recibió el 4 de los corrientes vuestro oficio del 10 del anterior junio, en que os dignáis avisarle la translación, que, en virtud de las amplias y dictatoriales facultades que os ha confiado el R. P. E., hicisteis en las autoridades política y militar en las personas de los ciudadanos doctor Francisco Llanos y coronel Manuel Plácido Maneyro, a pesar del monte escabroso de dificultades que presentaron de un solo golpe á su imaginación, las delicadas circunstancias del país, y de la estupefacción que le hubiera sorprendido una novedad tan inesperada, los convocó por oficio para instruirles sigilosamente de estas vuestras determinaciones. Al instante compareció el ciudadano doctor Llanos, y tocando lo mismo que el gobierno, peroró, reflexionando con amplificación sobre aquellas, y rehusó política y respetuosamente su empleo, asegurando os lo haría presente; y a continuación se recibió el oficio de contestación que os acompaño original del ciudadano coronel Maneyro, terminándose con esto la sesión, y previniéndose daros cuenta, y observar el mayor sigilo en ambas resoluciones.
Parece que esta sola ocurrencia, sería bastante, ciudadano generalísimo, para indemnizarse este gobierno de cualquier concepto de ambición y de orgullo, que pudiera sugerir en el vuestro, la suspensión de esta providencia; pero como en realidad, los motivos que tiene para suplicarla, no se limitan á ella sola, sino que también se extienden a las consecuencias funestas en la repentina variación del gobierno y de la ineptitud del ciudadano Maneyro, no se agrada este gobierno de valerse de aquella. La inhabilidad física y moral y la grande displicencia con que está el pueblo, para con la persona elegida, junto con la diferencia de genio, costumbres y demás circunstancias notables de esta y esas provincias, justificarían seguramente en vuestra alta consideración este procedimiento. En efecto, cuando a este gobierno le fuese posible persuadirse a que todo Caracas; a que ese R. P. y aún á que V. E. mismo estaban lejos del conocimiento del horroroso mal de Lázaro del ciudadano Maneyro, el conjunto de pruebas que forman los oficios contestaciones que ha dado a las instancias de este gobierno, a fin de que venga a exponer sus dictámenes en varias corporaciones y consultar, no os dejarán razón alguna de dudar de él, y serían ahora de la mayor autoridad en su indemnización. A más del oficio indicado, que comprueba su inhabilidad corporal, en la secretaría del honorable Congreso existe copia de otro, en que, para no restituirse a él como debió dentro del período de su pasaporte, y para la abdicación de su representación en él, puso por excusa su enfermedad. Desde el último diciembre que llegó a esta isla (dícese enero) se ha mantenido en su casa casi privado y huyendo de la sociedad, sin salir más que a su puerta y recinto, bajo un traje medio disfrazado, con la cara medio tapada, cubiertas las manos y forrado el cuerpo, dando a entender, acaso, la vergüenza, el horror que causa a los mismos que huyen de su vista, y que siente sobre manera la negación del trato que aquellos que antes le fingían algún reconocimiento, por los empleos que desmerecidamente les había adquirido, al favor de sus intrigas y adulaciones. Su oficio desde allí no ha sido otro que el de un público y severo censor, que desfigura las acciones más inocentes de los buenos ciudadanos, y las viste de la forma misma que las de su odio, pasiones y resentimientos, deseando tener en sus manos la suerte de cuantos cree le han ofendido con la emulación de sus virtudes… Parece se ha propuesto con esto distraer de sí la melancólica idea que necesariamente le ha de hacer germinar la triste vista de sí mismo, y la del escrupuloso desprecio con que se figura le tratan aun sus mismos domésticos. El gobierno no ve entre él y Job otra semejanza, sino la de que éste se empleaba continuamente en bendecir y ofrecer al Señor la aguda pena de su lepra y la dolorosa soledad a que le habían abandonado los suyos mismos; y aquel no hace sino ofrecer a sus pasiones y deseos antiguos de venganza la desesperación y el enfado de verse solo y desamparado. Su color acerado, su túmida y escamosa faz, sus ojos hundidos y espantosos, su nariz aplanada y corva, su voz ronca y nasal, su fétido aliento; su extremada flaqueza y su horrorosa figura, presentan a una sola mirada, la imagen cabal de un leproso y de un cuerpo que ya no es hombre; con todo, supongámosle a este cuerpo algún movimiento, capaz de transmitir con su choque un impulso mecánico, y procedamos a ver si hay en él algún otro principio que pueda arreglar y aun suplir por medio de otros que le sirvan de instrumentos algún movimiento de su débil resorte. Todos conocen, lo mismo que su mal, los principios, los medios y fines de su educación, y su misma presencia, gesto, elocución y modo, hacen resaltar a la vista su inhabilidad moral. Caracas, Caracas todo, que le ha visto, tratado y oído, debe estar convencida de esta verdad, pues de lo contrario, sería hacer la más negra injuria a la sabiduría, ilustración y altos conocimientos de sus moradores. ¡Qué escándalo, pues, hubiera dado a la Margarita la repentina instalación en su gobierno de este hombre absolutamente incapaz por todas partes de ejercer aún las funciones más ordinarias y comunes! Ella no sólo se hubiera resentido de la novedad de trastornarle la forma de su gobierno, sino que se hubiera dado por muy ofendida viendo que recaía precisamente en el hombre que más aborrece y detesta, y que para librarse en el día de su contagio y horror, ha reclamado muchas veces su secuestración. Ella, aun dado el caso que hubiera permitido la colocación de un hombre solo en su gobierno, se habría siempre dado por injuriada al ver que le desprendían de la comandancia general de sus armas, a su predilecto ciudadano Rafael de Guevara, que a una sola voz, había proclamado é instalado en este empleo el 4 de mayo de 1810, día de su regeneración política. Esta sola operación le habría hecho desconfiar de la conducta de esta mudanza, y no habría estado muy lejos de sospechar se le intentaba turbar el reposo en que se halla de su sistema, y sumergirla en los mayores desórdenes políticos. Ella que conoce debe en mucho su tranquilidad a la dulce energía, talento militar y sagaz prudencia de este ciudadano, que sabe que ningún otro que él habría sabido conciliar las circunstancias de su país con las de la Confederación, para organizar en impronto el contingente en 370 hombres para guarnecer a Cumaná que los pidió, y las ventajas de disciplina y subordinación, en que sobrepuja el batallón número 2° al 1°; ella, en fin, que le profesa el más amoroso ascendiente, habría hecho la comparación entre él y aquél y aun entre todos los de la isla, y confirmando el concepto de que es el solo que puede desempeñar dignamente este empleo, viéndose privado de él, habría exasperado y prostituidos a mil males. Esto hubiera sucedido con respecto a la persona inepta que se le daba, en lugar del que mira como su redentor en un caso apurado. Pero quién sabe qué habría ejecutado también con sus representantes, conociendo que aunque semejante recurso de un solo hombre habrá sido proyectado para deprimir el libertinaje de los pueblos, elevar el espíritu patriótico y refrenar cuanto se oponga a este objeto, y los movimientos en que se hallan las demás provincias, no se las había impuesto el yugo que ellos la permitían, pudiendo decentar su pureza política y el casi ningún peligro interior de ser inficionada. ¡Qué habría ejecutado con ellos, que sin su expreso consentimiento en asunto de la primera atención, y en que no debían presumirse habilitados para esta confianza tamaña, daban asilo a esta resolución! ¡Qué rayos no habría fulminado contra ellos, que sabe no ignoran de que esta podía ser efecto de los resortes y máquinas vergonzosas que siempre ha estado moviendo con este fin, protestándolo así desde que puso el pié en estas playas! Que sabe no ignoran de que cuanto ha sido sin poderlo ser, lo ha sido al auxilio de las pasiones que han agitado su egoísmo, negras perfidias y viles venganzas. Margarita entonces en medio de la mayor confusión diría: ¿cómo ó por qué camino es que he podido llegar a verme otra vez oprimida, entre unas manos, a cuyos males debía mi última libertad? ¡En qué horroroso caos se hubiera convertido con sólo la noticia de esta elección y mudanza! El incendio vivo y espantoso de Troya, por el robo de la hermosa Elena, no sería entonces más que una débil sombra del que habría devorado y consumido a¡ Margarita, por la traslación de su gobierno. Entonces, sí, que en vez de conservarse en el goce de la paz en que está, esta preciosa porción de los Estados Unidos de Venezuela, se hubiera visto convertida en el teatro funesto de la discordia con que intentan nuestros enemigos dominar las demás provincias, y ella que no ha perdido de vista las operaciones del ciudadano Maneyro, hubiera sido el primero a quien hubiera sacrificado. Ella está bien avisada de que todo el prurito, que le ha consumido, es de ver, cómo podría exterminar las primeras familias que la sostienen con su patriotismo, y en fin tiene y puede dar pruebas evidentes de que esto lo tiene pretendido mucho antes por el conducto de sus parciales antiguos, y diría, que lo mismo que ha V. E. acordado impedir con la elección de un hombre a quien os habrá pinta-de aquél como el único vidente y sólo arbitro del corazón margariteño, había venido a causarla los mayores desastres, a apagar su entusiasmo, a dividirla, a secar el árbol reciente de la libertad y a dejarle en una deplorable y terrible anarquía, de que podría aprovecharse la presencia de alguna otra nación para volverla a la servidumbre; y por último se admiraría reflexionando en que cuando bajo el sistema de libertad, se juzgaba estar inmune de la tiranía, veía se le remachaban las antiguas cadenas.
Tenéis a vuestra vista, ciudadano generalísimo, algunas pocas de las observaciones que os hace este gobierno, y espera que para resolver, las consideréis como fruto de los verdaderos sentimientos patrióticos de que está poseído, y de los íntimos conocimientos que tiene del país por quien representa, suplicándoos os dignéis dejar las cosas en el mismo estado en que se hallan, por parecerle muy conforme a la opinión y seguridad de esta isla, y asegurándoos de buena fe, no ser sus anhelos otros que los de cooperar con vos en el establecimiento de la causa que hemos jurado, é inmolarla en el altar de su libertad hasta el último de sus sentimientos.
El Señor, Dios de los ejércitos, que se ha dignado colocaros a la frente de los de Venezuela, os bendiga y permita levantéis en alto la cabeza de su enemigo, para que sirviendo de público testimonio de su entera derrota, os tribute las glorias de vuestra conquista.
Margarita, julio 8 de 1812, II de la República.
José Antonio de Silva, Presidente del Estado.— .José Fermín Fernández, vicepresidente.— Esteban de Herrera, Secretario de Estado.
Honorable generalísimo de las armas de Venezuela.
Ahora que es la una acabo de recibir el oficio de hoy, en que se me manda que pase a esa ciudad para tratar asuntos interesantes a la patria, sin que mis males ni otro motivo me lo impidan. Digo que hace hoy 23 días que estoy tomando una tisana y medicamento bastante riesgoso. Según me lo enseña la receta, mis pocas fuerzas no me permiten salir de mi casa a una distancia como la que hay de aquí a esa ciudad; hoy ha lloviznado, mi poca ó ninguna salud peligra, si por desgracia me humedezco: estoy pronto a prestarme a cuanto mis fuerzas alcancen, según las pocas luces que poseo; pero en esta misma casa ó en otra de este puerto, esto es, siempre que se me pida, pero pasar a esa me es imposible porque mis males son crueles y verdaderos: mi vida la sacrificaré en servicio de la patria, mas si se puede remediar no exponiendo la poca ó ninguna salud a perderla; por lo tanto vean en qué puedo ser útil en esta mi morada, que prestaré mis pocas luces en servicio del Estado, pues lo mismo que puedo hacer en esa, haré en este puerto: mi persona que es la que se pide, no está en estado de ser útil, por las pocas ó ningunas fuerzas que tengo, lo que siento en el alma por no poder emplearme en servicio de mi patria y poder complacer el supremo gobierno a quien venero y respeto. Todo lo que pondrá Ud. En el momento que reciba ésta en el conocimiento del M. P.
Pampatar y julio, 4 de 1812,
año II de nuestra independencia.
G. Manuel Maneyro.
Ciudadano secretario del Directorio.