Colombeia

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públicas y que esto nos era constante con harto dolor nuestro, pues a pesar de las vivas diligencias con que procurábamos reservar de los extraños el doloroso estado de V. S. L, a nadie le pudo quedar duda de él por varios sucesos de que V. S. I. bien hará memoria. En semejantes circunstancias juzgue V. S. I. si fue una conducta irregular que nosotros escribiéramos con claridad, pero reservadamente, a sus principales Dependientes, interesados igualmente que nosotros en guardar el secreto si convenía. Mirábamos en esto a libertarlos de las confusiones y dudas en que los pondrían las voces públicas y a enterarlos de la realidad de los sucesos, a fin de que les sirviera de gobierno en los asuntos que les estaban encargados por V. S. I. y sobre todo, si las cartas que nosotros escribimos fueron causa de que se publicara el accidente de V. S. I. (que no fue así, pues haremos ver que en México y en Puebla era notorio aún antes que llegase el primer extraordinario que despachamos a S. E. el día 6 de noviembre) la culpa de que esto sucediera no es nuestra, que con sana intención procurábamos obviar los daños, sino de aquellos que recibieron nuestras cartas y revelaron con sobrada facilidad la noticia que contenían, desatendiendo los repetidos encargos que les hicimos de mantenerla en secreto; y por consiguiente, ellos y no nosotros, fueron los reos, si este nombre merecen los que divulgan verdades de esta clase. Considere ahora V. S. I. si es posible que dándonos nuestra conciencia un testimonio el más firme de haber estado tan ajenos del menor exceso o defecto en la conducta observada por lo respectivo a la enfermedad de V. S. I., que antes bien creemos haber llenado todas las obligaciones en que nos puso aquel inopinado y desgraciado acaecimiento; quedemos satisfechos de haber contribuido V. S. I. a cuanto podía ceder en verdadero bien nuestro, con sólo el decantado favor del perdón, que más propiamente debe llamarse ofensa. Cualquiera dirá que V. S. I. estaba precisado a desimpresionar