Colombeia

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la embocadura de un río, elige el habitante su terreno en el paraje más bajo; la marea que dos veces al día hace montar las aguas en la embocadura a una altura de cuatro pies y medio, inunda el terreno perfectamente y lo acondiciona muy a propósito para dicha cultura. El añil no necesita de tanta agua y así se forma la plantación en terreno más elevado, aunque siempre en sitio húmedo y llano… De aquí resulta que todo el país por lo general está infestado de tercianas, sobre todo en el verano cuando los efluvios de las aguas estancadas aumentan y corren más por la atmósfera. Sin embargo de que las gentes de alguna comodidad procuran venir siempre a la ciudad o puertos de mar para preservarse del contagio, respirando el aire puro de la brisa, casi todos la padecen poco o mucho. Los físicos han hecho una observación bastante singular, que es que si en esta estación se muda de aire (esto es, que los que viven en el campo vienen a la ciudad o los de la ciudad pasan al campo) irremisiblemente ataca la fiebre. Se observa igualmente que los efectos de este accidente sobre el forastero y particularmente la balsámica sangre europea, son mucho más violentos y sensibles que en las gentes del país. Estas están tan acostumbradas ya al mal, que les saluda