Colombeia

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tan difícil unir la melodía imitativa de los antiguos a la armonía de los modernos, como lo es conservar la sencillez en un poema o en un discurso, y la expresión del sentimiento y la pasión, cuando se quiera poner demasiado espíritu y demasiada sabiduría. Por eso la corrupción de la música ha tenido la misma causa que el mal gusto en la literatura. Hace treinta o cuarenta años que casi no se escucha en nuestros teatros de Italia, a no ser en la Opera Cómica, esta música insinuante, estos aires fáciles y conmovedores que todo el mundo repetía al salir de la sala. La mayoría de los maestros compositores, al querer hacer sentir demasiado su habilidad, hacen la música quizá más armoniosa, pero menos conmovedora y agradable. Es más o menos lo que ha sucedido en la poesía y en la elocuencia en tiempos de Propercio y de Guarini. A este respecto, como en tantos otros, no se puede sino admirar, Señor, la exactitud de vuestras máximas. Vuestra Majestad quisiera que en música como en las demás artes, se volviese a menudo a las obras de los antiguos — que el sentimiento unánime y el tiempo han canonizado — para prevenir la consecuencia de una