Colombeia

para una música militar qe los nuestros… mas la Luz del baile era una poca de leña que ardia en un fanelon de hierro… cosa barbara… por las calles á penas se encuentran mugeres, y si se ven hechan á correr particularmte. si ven un turco, pues las pobres griegas son maltratadas, y violadas impunemte. pr. estos y no pr. qe. las casas no estén llenas hasta el techo de este sexo.—una casada joven y bonita qe. vino á verme á mi Casa fue menester que durmiese con migo toda la noche, por miedo de que no la cogiese la guarda en la Calle. 24. A la punta del dia me puse a caballo con mi criado, y ungida griego para hir a ver el Campo de marathón 8. horas de Athenas, pr. qe. aunque el Cónsul Yngles, y Mr. de Fovel solicitamos ambos el venir con migo luego comenzaron á encontrar dificultades insurmontables— á travesamos una llanura sembrada de olivos, trigos, jardines &c… y dos ó tres villajes Turcos de no mal parecer, á los 7. llegamos á las inmediaciones de otro, y en un jardín y casa pertenecientes á los Padres de mi guia, nos apeamos, luego me pusieron carpeta y almuadon vajo de un árbol, y alli tome mi tbé frutas &c. reposando como una hora; combidandome estas buenas gentes para la buelía con mejor acogida… io seguí mi viage por el mismo pais un pedazo, mas después todo era árido, y pedregoso pasto solo para cabras, y para las abejas que recoxen el suco del thyma y mirto, en fin á eso de las 10. (ia el sol no se podía aguantár) llegamos á un Viílage, donde inmediatamte. me pusieron el
para una música militar que los nuestros. Mas la luz del baile era una poca de leña que ardía en un fanalón de hierro... cosa bárbara. Por las calles apenas se encuentra mujeres y si se ven, echan a correr, particularmente si ven un turco, pues las pobres griegas son maltratadas y violadas impunemente por éstos... y no porque las casas no estén llenas hasta el techo de este sexo. Una casada, joven y bonita que vino a verme a mi casa, fue menester que dur­miese conmigo toda la noche por miedo que no la cogiese la guar­dia en la calle. 24 de junio. A la punta del día me puse a caballo con mi criado y guía griego para ir a ver el campo de Maratón, a ocho horas de Atenas, porque aunque el Cónsul inglés y el señor de Fauvel solicitaron ambos el venir conmigo, luego comenzaron a encontrar dificultades insuperables. Atravesamos una llanura sembrada de olivos, trigos, jardines, etc. Y dos o tres aldeas turcas de no mal parecer. A las siete llegamos a las inmediaciones de otra y en un jardín y casa pertenecientes a los padres de mi guía, nos apeamos. Luego me pusieron alfombra y almohadón bajo de un árbol y allí tomé mi té, frutas, etc. Reposando como una hora, convidándome estas buenas gentes para la vuelta con mejor acogida. Yo seguí mi viaje a través el mismo país por un rato, mas después todo era árido y pedregoso, pasto sólo para cabras y para las abejas que recogen el néctar del tomillo y del mirto. En fin, a eso de las diez —el sol no se podía ya aguantar— llegamos a una aldea, donde inmediatamente me pusieron el